Y: Oh, catástrofe
(Nuestro mono trágico
Evadido del Zoo
Ha devorado a los
presentes)

j. m. a.


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martes, 31 de julio de 2012

1921-2012: l'instant d'un parpelleig




                               Seguirem mirant, orfes, l'esguard més dolç, lúcid i dolgut
                               ferint els ulls tanta bellesa
                               l'etern instant d'un parpelleig


jueves, 21 de junio de 2012

Viseptol, de George Vasilievici


PRIMERA PARTE

Las acusaciones infundadas

―Habla más despacio, por favor, y más bajo ―me dice al teléfono Ela, mi compañera de piso― no entiendo nada de lo que estás diciendo.
―El-pe-rro! El-pe-rro! ―silabeo yo―. Algo le ocurre. Ha pasado la noche en la calle y… no sé cómo decírtelo…
―Dilo como te salga.
―Se juntó con otros perros callejeros y no quería volver conmigo. Lo estuve llamando inútilmente. Corrí tras él hasta reventar. A duras penas conseguí atraparlo improvisando una correa con una cuerda.
―Te estás andando por las ramas ―me dice Ela con tono burlón―. A mí me parece que vas muy pasado.
―Muy pasado, muy pasado…. cada dos por tres que si vas muy pasado, anda, déjalo, que ya hablaremos nosotros cuando llegues a casa y veas a Rom. Veremos entonces qué dices.
―Mira, no entiendo nada. Además, ahora no tengo tiempo para tonterías, estoy con un cliente. Dime ya lo que tiene el cachorro, que tengo que colgar ― me corta Ela― ¿se encuentra mal? ¿Está herido? No me digas que algún coche lo ha atropellado…
―No. No lo ha atropellado ningún coche. Está contento y tiene ganas de jugar. Solo que…
―¿Solo que qué? ¿Me lo vas a decir o no?
―Es muy grande
―¿Grande?
―Sí. Grande. Muy grande. Ni siquiera cabe por la puerta. Apenas entra.
―Imposible. ¿Qué te has metido?
―¿Quieres parar de una vez con esa mierda? ¿Es que no entiendes lo que te estoy diciendo? ¿Qué demonios hago con él ahora? ¿No puedes llamar al médico, por favor?
―No tengo tiempo, llama tú.
―Venga tía, ya sabes que no tengo crédito. Llámalo y dile que venga.
―No pienso llamarlo para una cosa así. ¿Te has vuelto loco?
―No le digas nada, solo que venga y ya está.
―Y yo te digo que te tranquilices. ¡Venga, que tengo que colgar, adiós! ―y me cuelga el teléfono, sin dejarme decir nada más.

Rom se abalanza sobre la cama arrastrándome a su paso. A pesar de las dimensiones colosales que ha adquirido a lo largo de la noche pasada, es tan manso como antes. Me lame la cara con su enorme lengua mientras doy las gracias a Dios por no haber sido aplastado por sus patas gigantescas. El teléfono suena justo cuando Rom trata de sacar de la habitación, a duras penas, la mitad del cuerpo que había conseguido encajar.

―¿Oye, lleva puesto el collar? ―me pregunta Ela nada más descolgar.
―No tengo ni idea. ¿Quién se fijaría en eso? Quizás debería llamar a la policía.
―Debes estar de broma. ¿Quieres que nos arresten a los dos? Venga, que en tu caso lo entendería pero yo no quiero problemas. Así que hazme el favor de calmarte y decirme de una vez si lleva o no collar, que ya te he dicho que no tengo tiempo.
―Espera, que lo miro ―le digo, tras lo cual aparto el teléfono de la oreja y llamo a Rom, que no tarda demasiado en irrumpir de nuevo en la habitación. Intenta aterrizar en medio de la cama, pero en lugar de eso se da de cabeza contra el techo.
―Madre, qué cabezazo se ha dado este con el techo ―digo, y acerco de nuevo el teléfono―. Sí, lo lleva ―le contesto a Ela.
―¿Y cómo es el collar? ¿Es igual de grande o se ha quedado como antes?
―¿Cómo quieres que se haya quedado como antes, se ha vuelto también grande, no crees que si no lo habría estrangulado?
 ―Venga, tío, que estás fatal. Haz el favor de calmarte y déjame en paz con tus tonterías, que no tengo tiempo. Estás hecho polvo y ahora vienes a joderme a mí. Hablamos por la tarde, cuando llegue a casa. Por cierto, el cachorro se llama Constant.

Y me cuelga de nuevo el teléfono en las narices. No soporto que haga eso, aunque ahora tiene suerte de que esté demasiado abrumado por este estúpido incidente. Puede que sea mejor que me calme y analice más profundamente la situación antes de implicar a las autoridades. De todas formas, no sé cómo podrían resolver ellos el asunto. Van a ver un perro gigante que se les echa encima y no van a pararse a pensar, le van a disparar, y después se van a fumar un pitillo. De camino a la cocina paso por delante del baño y me doy cuenta de que, aunque lo que me ha despertado esta mañana han sido unas ganas de mear tremendas, al ver a Rom me he alarmado de tal manera que lo he olvidado por completo. Incluso me he olvidado de fumar, cosa que no me pasa nunca, al menos no por la mañana, cuando salto de la cama. De pronto caigo en el hecho de que no sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy seguro de que todavía no son las ocho de la tarde, ya que de ser así Ela habría vuelto del trabajo. El perro del demonio ha ocupado la habitación de tal modo que no entra ni un rayo de luz por la ventana, me digo intranquilo, y trato de escabullirme a la cocina, pero Rom cree que se trata de un juego y se me adelanta, llenando también de oscuridad esta habitación. Pienso que no es muy adecuado encender un cigarrillo ahora, en estas circunstancias corro el riesgo de sofocarme con el humo. La posibilidad de que todo se termine aquí, en la oscuridad, me ha horrorizado, y un puro instinto de supervivencia me ha impulsado a deslizarme natural y rápidamente por la sedosa oscuridad. Todo ha durado menos de dos minutos y he podido, al fin, respirar aliviado cuando me he visto en la escalera del edificio, fuera de casa. He cerrado con dos vueltas la puerta de abajo sin dejar de prometerme, como cada día, que voy a reparar la cerradura de arriba, que está siempre estropeada. La luz del día me ha golpeado directamente en el cerebro. Me he escondido en seguida tras las gafas de sol y allí me que quedado hasta que ha oscurecido.

Viseptol de George Vasilievici, primer capítulo.
Traducción de la autora de este blog.



Biseptol es el nombre con el que se comercializa en varios países del este de Europa un medicamento genérico antibacteriano utilizado comúnmente en el tratamiento de infecciones respiratorias y gastrointestinales. Se trata de un antibiótico prácticamente inocuo, sin contraindicaciones o efectos secundarios significativos. Vişeptol es, además, el título de la novela póstuma de George Vasilievici (1978-2010), editada por Casa de Pariuri Literare en el año 2011. 

La publicación de Vişeptol fue todo un acontecimiento literario y social, con muchos más efectos secundarios que su homónimo farmacológico. A ello contribuyó sin duda el inesperado suicido de su joven autor, hecho que tiene en muchos casos el dudoso mérito de encumbrar de por sí la obra de cualquier artista que frecuente aquellos espacios tan fascinantes como prohibidos que nos son vedados de forma natural al común de los mortales, y que tienen que ver con el peligro y la proximidad de la muerte. Pese a que su breve e intensa trayectoria artística y su trágica muerte invitaban al fácil ensalzamiento de Vasilievici como paradigma contemporáneo del artista maldito, y a convertirlo en uno de tantos ídolos fugaces posmodernos, la acogida unánimemente favorable de la crítica supuso el reconocimiento público de toda una generación de jóvenes escritores, la llamada Generación del 2000, marcada ante todo por la experiencia post-comunista, que se identifica claramente con la temática de la novela y cuya sensibilidad estética e intereses se encuentran muy alejados de las tendencias precedentes.

De la obra se ha valorado tanto la complejidad de su estructura, con saltos espacio-temporales que la dotan de gran fluidez y de un cierto dinamismo cinematográfico, como la hondura con que el autor penetra en una realidad paralela producto de la alucinación narcótica. El estilo, que recuerda a Willliam Burroughs, duro a la vez que extrañamente sugestivo, inquietante por su densidad lírica, añade a su crudeza la impiedad con que son narradas las experiencias por el personaje protagonista, a lo largo de las cuales se pone de relieve la carga crítica implícita en la alienación de este antihéroe a quien se podría considerar un inadaptado. “Un poema en prosa en el que George Vasilievici ha escrito su ‘psicobiografía‘”, en palabras de la crítica Adela Vlad. 

lunes, 10 de octubre de 2011

El Prut (Onettíada)

De una viscosidad turbia, el Prut se desliza por la izquierda de la luna delantera, empañada, polvorienta.  El Prut lleva poco caudal, transcurre serpenteante entre la maleza, se deja tragar por la tierra negra. La luz opaca de la media tarde refulge sobre el río terso como el lomo de un animal. Quedan atrás las colinas sembradas de viñas, sus sarmientos desnudos contra el cielo blanquecino, el río como la cola de un gato negro enroscado a sus pies. El paisaje se vuelve llano, desnudo, parte las ventanillas de un tajo limpio. El silencio cada vez más denso en el interior de la furgoneta anuncia la proximidad de las aduanas. Dos construcciones blancas aparecen flanqueando la carretera, a un centenar de metros de distancia.

Mientras la furgoneta avanza, un fragor de telas y cremalleras estorba el silencio. Manos gruesas, dedos gruesos, ágiles, palpan paquetes y bolsas de plástico. El grosor de los dedos se siente en el grosor del crujido, crac, crac, de paquetes y bolsas. Manos que se deslizan bajo los asientos como reptiles entre la maleza. Noto el peso de un bulto que alguien ha depositado a mis pies. A poca distancia de él, unos ojos. Ojos febriles. Las manos del conductor tienen los nudillos blancos a causa de la fuerza con que agarran el volante.

La furgoneta se detiene con el motor encendido.  La voz, todavía sin rostro, del conductor, con la misma gravedad del ronquido del motor, rutinaria, aprendida, pide los pasaportes y rigurosamente los clasifica, con movimientos rápidos, ágiles, entre unos dedos nudosos y bronceados, largos como las piezas alineadas de un ábaco. Los pasajeros se reúnen en el estricto círculo que proyectan los faros del vehículo. La noche es clara todavía cuando el conductor, con pasos grandes, espaciados, conduciendo su desmañada corpulencia con una determinación cargada de fracasos, avanza hacia las manchas amarillentas y grises de los edificios mal iluminados.

Pasa el tiempo fragmentado por el ladrar de los perros, de una discordancia que parece coincidir exactamente con la muda partitura del cielo estrellado dibujándose sobre nosotros, lento, preciso, de este a oeste. Los ojos de nuevo frente a mí, se agrandan hacia el foco de luz que los desnuda y esboza bajo ellos un cuerpo, despacio, primero unos zapatos marrones, polvorientos, las piernas que se adivinan robustas, cortas, y bajo los pantalones holgados se agitan levemente tratando de desentumecerse. Las manos cruzadas sobre el abdomen hinchado, contenido por la camisa, sujetan una bolsa de tejido sintético, voluminosa, de un color claro indeterminado sobre el que los faros proyectan un estampado de círculos concéntricos.

Una sábana sucia y abigarrada de nubes bajas intensifica la oscuridad cuando a nuestra derecha, agitándose como un reflejo de luz en el agua, vemos acercarse la mancha blanca del conductor. Atravesaremos las aduanas tras una última comprobación del contenido de la furgoneta. Debemos mostrar los equipajes con todos los pasajeros ya en el interior, en las mismas plazas que ocuparan antes, los pasaportes abiertos por la página de la fotografía. El conductor habrá pagado la prestancia y el silencio con un paquete de café, unas cajetillas de tabaco. Rápida, dócilmente se lleva a cabo el registro. La bolsa a mis pies. Los ojos febriles dicen, no suplican, porque la súplica habría sido el asidero de la desesperación y nunca la desesperación se alcanza en esta tierra de nadie, en este llano infinito de espera; dicen con un miedo aprendido, agudo y tolerable como una voz familiar, la urgencia del silencio. La bolsa parece contener todas las horas de impaciencia acumuladas en innumerables descampados, junto a innumerables furgonetas, frente a innumerables pasos de aduana idénticos a este, mientras crece en peso y volumen a mis pies.

El miedo no desaparece cuando reanudamos la marcha, y es noche cerrada y los edificios de aduanas empiezan a encogerse hacia un rincón de la luna trasera de la furgoneta. El miedo late débilmente, como olvidado de su dueño, abandonado en una de esas innumerables fronteras invisibles que jalonan el territorio europeo. O puede que el olvido fuera antes, en el momento, casi imaginario, de la partida, cuando padres, amigos, incluso una mujer, aún joven, o unos hijos, demasiado pequeños como para recordar, demasiado crecidos como para no comprender, llenaban con alboroto de manos el cuadro de una puerta cada vez más pequeña, en una casa de repente más grande, que se iría vaciando también del temor y la esperanza nunca nombrados, quizás fingidos.

Siguió allí, el miedo, encogido en sus ojos, inmóvil, expectante como un animal de piedra, latiendo bajo la piedra, mientras por la derecha de la luna delantera, el Prut, silencioso, lento, blanco como una cuchilla, avanzaba en el paisaje apenas visible de la llanura, partiendo las ventanillas laterales de un tajo limpio.